Día 7. Cicatriz/Corazón Roto (Escritober 2020)

 

    Abrió los ojos y sonrió suavemente. Estaba completamente desnuda, pero cubierta por las suaves mantas características del reino de Oseane. Se decía que aquellas mantas se fabricaban a través de flores de loto, que se secaban y se trataban para otorgarles aquel cómodo y delicado tacto. Olía a lirios y vio cómo, sentada en una silla recubierta de plata con almohadones azules, Hidoi rociaba agua de aquella flor sobre su cuello. La reina estaba desnuda también.

    —Buenos días —dijo, con la voz ronca, Cora.

    Hidoi se sobresaltó al escuchar su voz, ya que pensaba que todavía seguía dormida. Se levantó de la silla y se acercó a la cama sobre la que estaba tendida su novia y futura mujer y, agachándose lo suficiente como para tener su cara delante, la besó en los labios. El calor del cuerpo de Cora, hasta entonces tapada por la suave manta, chocaba y se fundía con el frío que Hidoi desprendía. Las dos comenzaron un juego de caricias que seguía el ritmo que las respiraciones de ambas marcaba. Los labios cálidos de Cora besaban cada rincón del cuerpo desnudo de la reina, que perdía su rigidez de gobernadora y se dejaba llevar por el espíritu libre de su amante. Sus cuerpos se encontraban solos, únicamente acompañados por el sonido de las olas que rompían contra las costas que rodeaban al palacio de Oseane. Y así, ambas se rindieron y perdieron en la pasión y los sentimientos que las unía.

    Cada una cayó a un lado de la cama y, tranquilamente, descasaron mirándose a los ojos.

    —¿Cómo vamos a llamar al bebé? —preguntó Hidoi, que recostó su cabeza sobre el vientre de Cora.

    —Si es niña quiero que se llame Circe, y si es niño...

    —No va a ser niño —interrumpió Hidoi—. Únicamente las niñas pueden heredar el trono de los reinos de Boek.

    —¿Quieres que nuestra hija sea reina? —preguntó sorprendida.

    —Sí. Quiero que nuestra hija siga mis pasos y herede el trono de Oseane. Es el curso natural de las cosas, cuando una reina muere, su hija hereda el trono que ha quedado libre.

    —No.

    —¿Cómo? —preguntó la reina.

    —Que no —sentenció Cora—. Mi hija no va a ser reina. Quiero que sea feliz y tenga una infancia con amigos y sin responsabilidades.

    —Yo fui feliz.

    —Sí, pero tu única amiga era Gemielde, una anciana milenaria. Además, ¿podías jugar de pequeña o tenías que practicar magia y estudiar cómo gobernar el reino después de la muerte de tu madre?

    Hidoi agachó la cabeza con una expresión en el rostro que mostraba todo menos alegría.

    —Hidoi...

    —Tienes razón —dijo la reina—. Yo fui feliz en mi infancia, hasta que murió mi madre. Mi única amiga era Gemielde, y ahora tú. Mis hermanas y yo teníamos, y tenemos, una relación cordial, pero no de hermanas. No quiero que Circe tenga que pasar por todo eso.

    —Te quiero —Cora se inclinó y besó a Hidoi—. Si Circe, cuando sea adolescente, quiere heredar el trono, prometo no imponerme; pero al menos dejemos que tenga una infancia normal.

    Cora abrazó a Hidoi, y vio como desde la ventana, un pequeño pájaro azul alzaba el vuelo y se perdía entre los rayos de sol. No podía ser más feliz de lo que era ahora. Con un bebé en su vientre y la persona a la que más quería en sus brazos.

    El pequeño pájaro azul llegó al encuentro de la persona que le había encomendado aquella misión. Aperia lo esperaba en las Montañas de Berg, cubierta por una capa marrón que la hacía pasar desapercibida. No quería que nadie la identificase como la reina de Lug, y mucho menos a su ayudante. Cuando el pájaro se acercaba al suelo para descansar, Aperia chasqueó los dedos e hizo que Telyn, hasta ahora transformada en aquella ave, apareciese ante a ella.

    —¿Qué has descubierto? —preguntó impaciente.

    Telyn comenzó a narrar todo lo que había oído y presenciado en la conversación entre Cora e Hidoi, mientras que Aperia era consumida por la rabia y el llanto.


    Meses después, Cora dio la bienvenida al mundo a Circe. Tal y como predijo Hidoi, el bebé era una niña. Gemielde, Hidoi y Cora se dedicaban en cuerpo y alma a cuidar a la princesa. Cuando Hidoi y Cora estaban ocupadas, era la anciana la que le enseñaba a jugar con magia básica y le leía historias para dormir. Hacía ya cuatro meses que Circe había llegado, y muchas criaturas de la tierra de Boek mandaron sus felicitaciones y mejores deseos en forma de regalos. Aharde y Uvrou fueron dos de las primeras personas que visitaron a Circe. La reina le regaló una pequeña pulsera hecha de álamo temblón, una flor que sólo las reinas de Boek poseían y que servía como protección para que la niña sobreviviese hasta, al menos, su decimoctavo cumpleaños. La anciana, por otro lado, le regaló un libro que recopilaba información sobre todas las criaturas de las profundidades de Oseane.

    —Entiendo que le regales un libro, porque es tu pasión —dijo Gemielde a su hermana—, pero al menos podrías haberle regalado uno más interesante.

    —Esa pulsera es suficientemente interesante —dijo Uvrou—, ¿te has dado cuenta de quién falta aquí?

    —Aperia y Telyn —pronunció a Aharde, que cogió a ambas del brazo y las sacó de la habitación—. Gemielde, no sólo hemos venido a regalarle eso a Circe. Creemos que Aperia está tramando algo —afirmó la reina.

    —¿A qué te refieres?

    —Uno de mis informantes dicen que Aperia y Telyn se reúnen periódicamente en las Montañas de Berg —intervino Uvrou.

    —Y no sólo eso —susurró la reina de Grond—. Aperia hace que Telyn tome la forma de un pájaro azul y vuele cerca de este palacio.

    Gemielde escuchó todo atentamente, al igual que lo hizo Cora tras la puerta de la habitación. Hidoi se había quedado dormida, y no podía enterarse de aquello, pero como trabajadora de Aperia, Cora sabía que nada la haría parar hasta creer que su plan había tenido éxito.

    Cora acarició el cabello de la reina y el de la princesa, que sonreía despierta.

    —Lo siento, Hidoi.

    Pocas semanas pasaron, y todo marchaba sin ningún tipo de problema. Hidoi era feliz con su vida. Por primera vez en mucho tiempo consideraba que era plenamente feliz. Tenía una hija, alguien a quien amaba y a su abuela. Nadie podía arruinarlo, o eso era lo que ella pensaba.

    Estaba sentada en su despacho, en el segundo palacio que se encontraba en las profundidades del reino de Oseane, cuando una sirena entró en la habitación.

    —Siento interrumpirla, alteza, pero vengo de parte de la señora Cora. Dice que necesita urgentemente que vaya a su encuentro en sus aposentos.

    —¿Ha pasado algo? —preguntó confundida.

    —Es todo lo que se me ha comunicado, alteza.

    Con un movimiento de cabeza, la reina indicó a la sirena que podía marcharse, y esta se fue nadando. Algo no iba bien.

    Llegó al palacio principal del reino, pero no había nadie en los alrededores. Todos los guardias habían abandonado sus posiciones. No era algo característico de ellos, y se asustó. Subió los siete pisos que había entre el salón del castillo y su habitación tan rápido como pudo. Corría como si su vida dependiese de ello. No tenía un buen presentimiento y su corazón le decía que algo iba a ocurrir, si no había tomado lugar ya.

    Llegó a su habitación, que estaba protegida por guardias de Lug, Grond y Oseane. La puerta estaba abierta y, cuando los guardias le dejaron paso, vio a Gemielde reunida con sus hermanas y las otras dos ancianas. Su abuela lloraba desconsoladamente mientras era consolada por Telyn y Uvrou. Aharde también parecía haber llorado, pero Aperia mantenía su rostro frío e impasible.

    —¿Qué ocurre? —preguntó asustada Hidoi.

    —Es mejor que no entres —dijo Aperia, haciendo una señal a sus guardias, que cortaron el paso a la reina.

    —¡Dejadme pasar! ¿Qué pasa? —los guardias no cedían— ¡Dejadme pasar!

    Consiguió escabullirse entre los brazos de los soldados y vio a Cora tirada en el suelo, inmovilizada por un guardia de Aharde.

    —¡Hidoi! —gritó Cora, cubierta en lágrimas— Lo he hecho por su bien, tienes que creerme.

    —¡¿Qué ha pasado?! —estaba a punto de desquiciarse.

    —Cora... Hidoi yo... Cora ha... —Aharde no conseguía pronunciar palabra alguna.

    —Cora ha matado a vuestra hija —sentenció Aperia.

    Hidoi perdió la noción del tiempo. No sabía donde se encontraba y, sin saber cómo, consiguió caminar lentamente hacia la cuna hecha de perlas y cuarzo donde se encontraba Circe. Su corazón latía con una velocidad y una fuerza que creía imposibles. Retiró lentamente la sábana de lino celeste que cubría a su hija y pudo notar como la niña no respiraba. Su pequeño pecho estaba inmóvil y no abría los ojos. Acarició su brazo, adornado por aquella inútil pulsera que Aharde le había regalado. El color de su piel era más pálido que de costumbre y su denso pelo negro se había transformado en un cabello fino y grisáceo. Se giró y miró a los ojos de Cora.

    —¿Qué has hecho? —preguntó con lágrimas recorriendo su rostro.

    —Lo que debía hacer —sentenció fríamente—. Matarla.

    En ese momento, Hidoi escuchó en su interior cómo su corazón se volvía frío, hasta el punto en el que se rompió como un cristal. Ya no tenía corazón, ahora era una cicatriz.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Día 8. Leyenda (Escritober 2020)

Día 3. Libro (Escritober 2020)

Día 10. Lugar especial (Escritober 2020)