Día 10. Lugar especial (Escritober 2020)
Largos años pasaron, en los que Ersta hizo todo lo posible para dejar cada cosa preparada antes de marcharse. La Primera Reina no moriría, si no que dormiría eternamente en algún lugar de Boek para que, si alguna descendiente la necesitaba, siempre pudiese acudir a su ayuda.
—Me tenéis que ayudar —dijo la Creadora a las tres ancianas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Uvrou.
La reina se levantó de su cómoda silla y se acercó al tocador que había en su habitación. Se miró en aquel espejo de oro macizo y, tocándose la cara y el pelo, suspiró.
—Creo que ha llegado la hora...
—¿La hora? —preguntó Telyn.
—La hora
—¿Qué hora? —preguntó, confusa, Gemielde.
—Pues la hora.
—¿Esa hora? —interrumpió Uvrou.
—¡Sí! —exclamó, cansada, Ersta— ¡La hora de morirme, esa hora!
Un silencio se apoderó del eco de aquella habitación. Lo que hasta ahora era un ambiente cálido y alegre entre las tres ancianas y la reina, se había convertido en un entorno frío y de intranquilidad. El humo de las tazas de té de jazmín, recien hecho, había dejado de fluir; los pájaros piando en el exterior de la ventana habían callado su cantar, como si fuesen conscientes de la seriedad de aquella conversación que estaba teniendo lugar en el interior del cuarto de Ersta. La reina había decidido que ya era la hora de que su muerte llegase o, mejor dicho, la hora de que su sueño eterno comenzase.
Telyn, siempre incómoda ante situaciones de extremo silencio, fue la que rompió el aire que flotaba por la habitación al hablar.
—Habéis dicho que necesitáis nuestra ayuda.
—Así es.
—¿Con qué menester, concretamente? —preguntó la habladora anciana.
—No sé dónde reposar durante mi descanso sin fin...
—Yo sí lo sé —confesó Gemielde.
Los preparativos comenzaron inmediatamente. La reina dejó a las tres sabias ancianas a cargo de su pequeña hija, que tenía poco más de cinco años. Ersta pasó el máximo tiempo posible con su hija, y no se preocupó en decirle qué debía o no debía hacer como la futura reina de Boek, pues sabía que a sus cinco años no recordaría nada de lo oído. Dejó a la anciana mayor, Uvrou, a cargo de asegurarse de que la pequeña Delta conociese y supiese atender a todas y cada una de las especies que habitaban los tres reinos de Boek, la mayor obligación de una reina. La anciana mediana, Gemielde, quedó como la encargada de ejercer de profesora de magia a la pequeña princesa, y debía enseñarle todo lo que estaba en su poder, excepto el uso del neibumo, que estaba totalmente prohibido. Por último, Telyn sería la encargada de enseñar a la futura reina las obligaciones secretas de una buena líder de Boek, como mantener separados a Sonlig y Maanlig o no dejar que bestias del reino alterasen el orden de éste.
Ersta dejó escritos para su hija donde contaba cómo había creado aquella tierra, relatando en ellos todo tipo de detalles de gran interés que sólo las descendientes podrían conocer, modificar o extender. Ni siquiera las ancianas podían conocer el contenido de aquellos escritos pues, al igual que el trono, estaban reservados únicamente para descendientes de la Primera Reina, y quien rompiese aquella premisa sería eliminado de Boek inmediatamente, como si nunca hubiese pisado aquella tierra.
Todo estaba listo, incluido el lugar donde la reina acudiría a perecer.
Fue Gemielde la que enseñó aquel lugar a la reina. Era una pequeña cueva en el lugar más remoto de Boek. Se encontraba en una pequeña isla a cuyo interior solo se podía acceder mediante un hechizo capaz de trasladar a alguien a su interior o bajo agua, teniendo la suficiente capacidad pulmonar para llegar nadando hasta el punto más profundo de aquel montón de tierra y volver a subir. Ninguna criatura poseía, en aquel entonces, cualquiera de aquellas dos virtudes, por lo que allí estaría a salvo.
Gemielde fue quien se encargó de todo lo que involucrase a aquella isla. Como hacer que fuese borrada de todos los mapas de Boek, como si nunca se hubiese tenido constancia de ella, o borrar, mediante magia, aquel montículo de tierra de la mente de todas las criaturas del reino, con el permiso de Ersta.
—¿Cómo puedo agradecerle todo lo que ha hecho por mí, Gemielde? —preguntó la Creadora.
—No tiene que agradecerme nada, alteza —dijo Gemielde—. Mis hermanas y yo vinimos a Boek para ayudar a que la guerra que se aproxima no destruya este mundo. Lo hago como deber.
—Aún así, me gustaría que tuvieses algo como agradecimiento.
La reina se acercó a la anciana. Levantando una mano, presionó con el dedo índice el espacio que había entre las cejas de la anciana y, así, le otorgó el poder de la teletransportación.
—Ahora, tú eres la única capaz de acceder a esta isla, Gemielde.
—Gracias, majestad —dijo la anciana, haciendo una pequeña reverencia.
—Mantén mi corazón protegido.
Estas fueron las últimas palabras de Ersta que, acto seguido, desapareció con la brisa que corría en la cueva, dejando únicamente su corazón, que allí descansaría por siglos.
—Abuela, ¿recuerdas aquella vez que me contaste que tú eras la única con acceso a la Primera Cueva? —dijo Hidoi, dirigiéndose a la anciana.
—Así es —afirmó Gemielde—. ¿Por qué lo dices?
—Quiero que entres en la cueva y me traigas el corazón de Ersta, es la única manera de revivirla.
—Pero... —Gemielde se quedó sin palabras—, la razón por la que se despierte a la Primera Reina tiene que ser de una gravedad e importancias nunca vistas.
—Lo es —sentenció Hidoi.
La reina de Oseane cogió uno de sus cuchillos ligeros. Pasó su dedo por el fino filo de la hoja y, con una gota de su propia sangre en el metal, lo lanzó contra un pájaro azul, matándolo. Las criaturas de otros reinos no estaba permitidas en su palacio.
—¿Cuál es esa razón tan grave y urgente? —preguntó la anciana, que miraba cómo el pájaro agonizaba en sus últimos segundos.
—Necesito revivir a Ersta —limpió la hoja del cuchillo sobre su manga—, para matarla con mis propias manos.

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