Día 3. Libro (Escritober 2020)

 

    —Abuela, ¿has visto a Tau? —preguntó Aharde, interrumpiendo la lectura de la anciana.

    —No, cariño —dejó el libro sobre la mesa central—. Ya sabes cómo es este niño, seguro que está curioseando por los rincones de la ciudad.

    —Sólo tiene siete años. No debería salir del palacio sin seguridad.

    —Es igual que su difunto padre —esbozó una sonrisa—. Todavía recuerdo cuando eras niña. El padre de Tau se buscaba todos los días una nueva forma de colarse en el castillo para jugar contigo. Era un muchachito encantador, y adoraba este palacio, sobretodo el jardín trasero que era donde tu siempre te sentabas a leer.

    La reina sonrió al darse cuenta de que su marido siempre fue su mejor amigo, y siempre que podían estaban pasando el tiempo juntos y corriendo por Boek.

    —Pues su hijo evita el palacio siempre que puede.

    Aharde se acercó a la pequeña ventana y se asomó intentando reconocer a su pequeño Tau entre las diferentes siluetas que recorrían las calles del Pueblo Rico. No lo consiguió.


    Tau corría rápido y habilidoso, consiguiendo esquivar las piernas de la gente que se entrometía en su camino, y que no reparaban en un pequeño niño de siete años. Corría sin dirección fija y sin una meta a la que llegar. Disfrutaba recorriendo y descubriendo las tantas diferentes calles, estrechas y empedradas, que conectaban el Pueblo Rico con el palacio del que había conseguido escabullirse. Seguro que su madre ya había preguntado a Uvrou si sabía donde estaba, pero lo que no sabía la reina era que su hijo estaba aliado con la anciana en sus innumerables escapadas. Uvrou, a quien su madre llamaba “abuela”, siempre le tenía guardada una muda de ropa que hacía que pasase desapercibido entre los habitantes del pueblo. Si su intención era que nadie reconociese al hijo de la reina y poder realizar todas las travesuras que tenía en mente, no podía llevar puesto el chaleco de seda roja y remates de oro característico de la realeza de Grond.

    Uvrou siempre le contaba historias sobre las diferentes especies que habían pisado alguna vez la tierra de Boek. Según ella, todas las criaturas creadas por Ersta dejaban una huella en los diferentes reinos que formaban aquella maravillosa tierra, y si era lo suficientemente intuitivo y curioso, sería capaz de descubrir todas estas marcas que sobrevivían al paso del tiempo.

    Hoy se dirigía a encontrar una de esas huellas. Según los escritos de Uvrou, que se dedicaba a guardar un registro de toda la diversidad que había existido en Boek, la antigua población de Bladsy fue la creadora de la biblioteca más grande de la que se tenía registro hasta el momento. Estuvo pensando en la idea durante varios días y finalmente, cuando se informó lo suficiente como para buscar la ciudad donde vivió aquella población, decidió buscar la biblioteca. Pensaba que con algo de suerte podría llevarle un libro a Uvrou como regalo. Seguro que se pondría muy contenta y lo colocaría en el mueble donde guardaba todas las cosas que Tau le regalaba tras muchas de sus aventuras. Para encontrar la ciudad a la que pertenecieron los Bladsies, Tau tenía que salir del Pueblo Rico y adentrarse en el bosque que lo rodeaba. Según un papel que había cogido de los escritos, la ciudad de dichas criaturas ya no existía, pero él sabía que si era la suficientemente observador podía localizar donde estaba y encontrar la misteriosa biblioteca.

    Tras una hora que le pareció un día completo, Tau ya estaba cansado de andar. Había dejado atrás el palacio y el Pueblo Rico. Había cruzado a través de la ciudadela de las fanagas, donde estas pequeñas criaturas aladas le habían obsequiado con un poco de agua al reconocerlo como el hijo de Aharde, regalo que se guardó para el camino; y ahora se encontraba frente a un puente de madera que jamás había visto. Estaba agotado y comenzaba a pensar que jamás iba a encontrar la biblioteca. Pero fue entonces cuando se dio cuenta. En una esquina del papel que le había quitada a la anciana Uvrou se podía observar muy desdibujado el emblema del Reino de Sendu. Dicho reino cerró sus fronteras un año antes de que él naciese, pero gracias a las aventuras que realizaba sabía que había un tipo de papel que se solía fabricar en esta nación.

    —Uvrou, te he pillado —dijo Tau con tono victorioso.

    Sacó el agua que las fanangas le habían dado y la derramó completamente sobre la esquina del papel. Una vez que estuvo mojado, la tinta que la anciana había usado hace años comenzó a cambiar de posición, pero no a deteriorarse. Las palabras se deshacían letra por letra y comenzaban a formar una silueta que no conseguía identificar.

    —¿Una escalera? —susurró mientras se esforzaba en pensar— ¡Ya lo tengo!

    Se giró y comprobó su teoría. El dibujo representaba el puente sobre el que se había parado a descansar. ¿Qué quería decir eso?

    Decidió cruzar el puente de un extremo a otro. Pisó cada tablón de madera y acarició cada poste que lo mantenía en pie, pero no era capaz de encontrar nada. Parecía como si acabasen de instalarlo allí. La madera no tenía ni un solo rasguño, ni una sola mueca que indicase el paso del tiempo y, a pesar de estar en contacto con el agua, los palos que lo sujetaban al fondo del río no mostraban ningún signo de estar desgastados o de haber pasado allí el tiempo suficiente como aparecer en uno de los manuscritos de Uvrou. Era demasiado extraño, así que decidió bajar a mirar mejor los palos, desde una distancia más pequeña. Saltó desde los escalones del puente a la tierra húmeda y bajó la pequeña cuesta que daba a la orilla del río, y entonces fue cuando se percató de que había un pequeño hueco debajo del puente. Se acercó e introdujo la mano, intentando saber si era profundo o si por el contrario podía tocar la pared, pero no pudo. No sólo no tocó la pared sino que una corriente de aire frío acarició su mano. Aquel agujero era una entrada a alguna sala subterránea y Tau estaba decidido a adentrarse.

    Sin pensárselo demasiado se metió en el boquete. Era algo estrecho, y el pelo se le iba quedando enganchado en las pequeñas raíces que había sobresaliendo de las paredes, pero consiguió entrar a la sala que había bajo la tierra.

    Lo que vio hizo que su mandíbula cayese hasta el suelo y que no pudiese parpadear durante varios segundos. Una habitación gigante, llena de muebles hechos con piedra verde resplandeciente que tenían miles de libros, se extendía interminable ante él. Era la biblioteca de los Bladsies, y estaba hecha completamente de esmeralda.

    Al borde del hueco por el que había entrado, que ahora comprendía que era una puerta secreta, había una larga escalera que llevaba al centro de lo que la vista abarcaba. Tau se disponía a bajar cuando tropezó con su propio tobillo y cayó rodando hasta el último escalón. La esmeralda era tan dura como parecía, y fría como el peor de los inviernos. Cuando se incorporó y levantó la mirada vio como un señor mayor salía de entre los largos pasillos repletos de libros y se acercaba a él. Tau gritó asustado.

    El hombre tenía los ojos y la boca cosidos con algún tipo de hilo negro, color del que estaban teñidas las venas de su cara. Era uno de los rostros más horripilantes que Tau había visto en su vida, y el anciano se percató de ello.

    —No debes temer, Tau —dijo una voz.

    —¿Quién es y cómo sabe mi nombre? —preguntó aterrorizado.

    —Soy yo, el viejo bladsy que tienes delante de ti —hizo una pequeña reverencia—. Y respondiendo a la segunda parte de tu pregunta, los bladsies lo sabemos todo.

    El príncipe parecía más confundido que al principio, y no conseguía comprender nada.

    —¿Bladsy? —dijo confuso— Pero los batsies llevan siglos extintos.

    —Puedes ver con tus propios ojos que no es así —siguió hablando sin abrir la boca—. Los bladsies decidimos escondernos de las personas hace siglos. Los humanos pueden ser muy crueles, y siempre tienen sed de conocimiento, pero sólo para hacer el mal. Los guerreros más temibles y devastadores, y las brujas más sangrientas y malignas consiguieron información exclusiva sobre cómo nuestra biblioteca contenía la respuesta a cualquier intriga que la mente humana pudiese imaginar, e intentaron apoderarse del extenso conocimiento que aquí protegemos y poseemos. Fue ese el principal motivo de que decidiésemos fingir nuestra extinción y abandonar la superficie terrestre.

    —Pero la anciana Uvrou fue de quien yo obtuve la localización de la biblioteca —dijo Tau—. ¿Qué os hace pensar que, al igual que ella, no hay otras criaturas que conocen este lugar y planean venir a saquearlo?

    La voz misteriosa del anciano dejó escapar una suave carcajada, que por algún extraño motivo hizo que Tau se relajase y confiase en la presencia del viejo.

    —La antigua Uvrou fue la que ideó el plan que nosotros, sus fieles amigos, seguimos al pie de la letra. Es más, quiero que a tu vuelta le des un obsequio de mi parte. Toma.

    El viejo señor tendió un libro a Tau. El libro tenía una cubierta de piel rígida, y parecía tener un grabado a fuego que decía “Las Crónicas de Boek”. Estaba escrito por alguien llamado Monaco.

    —Ahora, me temo que ya es momento de que marches hacia palacio. Tu madre seguro que está preocupada por ti, y nosotros no cambiaremos de ubicación —el viejo revolvió el pelo del niño—. Cualquier amigo de Uvrou está siempre invitado a volver, pero guarda el secreto.

    Y antes de que se diese cuenta, el anciano desapareció sin dejar más rastro que el libro.


    Cuando Tau llegó al castillo, tanto su madre como Uvrou se lanzaron a su encuentro.

    —¿Se puede saber dónde estabas? —dijo Aharde alzando la voz— Me tenías preocupada.

    —Mamá, estaba corriendo por la orilla del río, y he vuelto justo para la cena —sonrió.

    La reina lo abrazó y le devolvió la sonrisa antes de abandonar la sala en la que se encontraban.

    —Tau, tú no sabrás por qué uno de mis papeles sobre la biblioteca de los Bladsies ha desaparecido, ¿verdad? —preguntó Uvrou con una media sonrisa y la ceja izquierda levantada.

    —Bueno... —el príncipe evitó la mirada con la anciana y le tendió el libro que había traído— Me han dicho que te lo diese, espero que te guste —dijo con una mirada dócil.

    Uvrou se quedó de piedra y cogió el libro de las manos de Tau.

    —Es Monaco. No sé quién es, pero el nombre me gusta.

    —Me encanta, mi niño —se agachó y le besó la mejilla—. Lo pondré con el resto de cosas que siempre me traes para que me ponga contenta. Ahora vete con tu madre, es hora de cenar.

    Tau salió corriendo de la habitación, y Uvrou caminó hacia la estantería donde guardaba los regalos del niño. Antes de guardarlo recorrió con sus dedos el grabado en la piel del libro.

    Monaco.

    Todavía recordaba, sonriendo, la época en la que usaba ese nombre para firmar las obras que terminaba, y esa era su obra favorita.

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