Día 8. Leyenda (Escritober 2020)

 


    Tau estaba tirado sobre su cama, que estaba deshecha. Una almohada había caído sobre la alfombra, mientras que la otra se encontraba en el lugar de los pies de la cama. El hijo de Aharde tenía su cabeza apoyada sobre esta última, mientras que, con los brazos extendidos, sujetaba el libro que le había regalado a la abuela de su madre tras su última aventura. El libro, que estaba firmado a nombre de Monaco, fue el que aquel viejo bladsy le había entregado como regalo para Uvrou.

    Estaba intentando leer aquel libro de todas las maneras posibles. Empezó de forma normal, pero no entendía las palabras. Decidió leer las palabras al revés, pero seguía sin entenderlas. No era el idioma que se hablaba actualmente en Boek, pero se negaba a darse por vencido.

    —¡Uvrou! —gritó Tau.

    La anciana, que estaba tomándose un té en la sala que precedía a la habitación del príncipe, escuchó el grito e inmediatamente se levantó para ir al cuarto.

    —Dime, mi niño —dijo la anciana cuando abrió la puerta.

    —Mira —se incorporó—, estoy leyendo el libro que te traje y no lo entiendo.

    Uvrou sonrió ante la triste expresión de Tau y se acercó a él. Se sentó sobre el lado más decente de la cama y cogió el libro de sus manos.

    —El libro está escrito en mi idioma original, mi niño —afirmó la anciana.

    —¿La lengua del universo del que vienes? —preguntó sorprendido.

    —Sí. Tú no la entiendes, pero si quieres puedo leértelo.

    —¡Sí! —gritó el niño entre sonrisas.

    Uvrou abrió el libro por la primera página y comenzó a leer.

    En una época muy lejana, tan lejana que nadie recuerda ya esta leyenda, existía una tierra llamada Boek. Aquella tierra estaba gobernada por la Primera Reina, que se llamaba Ersta. De aquella reina decían que era la mejor que jamás se había visto. Tan guapa que todo el mundo se enamoraba de ella con sólo verla, tan lista que nadie se atrevía a retarla a un duelo intelectual y tan buena y justa que ni una sola criatura se atrevía a aprovecharse de su bondad y sus dones. Al fin y al cabo, fue Ersta la que creó a Boek y a todas y cada una de sus criaturas y, por ello, todos le estaban eternamente agradecidos.

    La llamaban “La Primera Reina” porque lo fue. Ella se creó a sí misma. Muchos dicen que su nacimiento fue gracias a una explosión que hubo en el centro de la nada más absoluta. Otros dicen que algo superior a ella la creó y, tras esto, le otorgó todos los poderes que poseía y le encomendó la misión de crear Boek y la vida que allí se encontraba. Sea como fuere, ella fue la creadora de esta tierra y fue su reina durante tantos milenios que vio cómo muchas de sus creaciones se extinguían y otras nuevas aparecían a lo largo de todo Boek.

    La Reina quería que Boek fuese una tierra como nunca antes se había visto, y dividió su creación en tres reinos. Estos eran Oseane, Grond y Lug.

    Oseane era el reino de los mares. En él habitaban todo tipo de criaturas acuáticas que la reina Ersta colocó allí. Desde los pequeños peces que se conocen hoy en día hasta las más bellas y letales criaturas e incluso los más terroríficos y hambrientos monstruos. Según dicen, la Reina los puso allí porque era el reino más grande, profundo y extenso de todo Boek, y allí estaban lo suficientemente seguros para poder vivir tranquilos y no ser molestados nunca. Se rumorea que a día de hoy todavía hay criaturas de Oseane que nadie ha visto jamás excepto la Reina. La leyenda también cuenta que, del reino de Oseane, las sirenas eran las criaturas favoritas de Ersta, y como premio, la Primera Reina les dio el don de cambiar de forma de sirena a forma humana y de poder controlar los estados del agua y su funcionamiento. Podían decidir si congelar el agua, si la querían volver más espesa, formar olas gigantes y tsunamis, etc. Incluso podían llegar a evaporar todo el agua de Boek, pero aquello era algo que Ersta prohibió por completo.

    El segundo reino era Grond. Grond era el reino de la tierra, estaba entre Oseane y Lug y en él se encontraban todas las criaturas terrestres. La mayoría eran animales que no podían volar y que tampoco podían vivir bajo el agua. Desde jirafas de tres cabezas hasta panteras del tamaño de elefantes, todas las criaturas fantásticas que la mente puede imaginar habitaban en este reino. Pero al igual que Oseane tenía sirenas, Grond tenía sus propios habitantes que parecían humanos. Eran como nosotros en todos los aspectos, excepto que ellos eran seres que dominaban la magia, la alquimia y el control del tiempo. Únicamente a sus favoritos, la reina Ersta les otorgó el don de controlar el tiempo y el don de la nigromancia. Estos dones fueron regalados a las brujas, y todas acordaron no usar jamás la nigromancia, a menos de que la Primera Reina así lo desease, debido al gran poder que requería y a los graves problemas que la resurrección de un ser muerto y las malas prácticas podían acarrear.

    Por último, el tercer reino era el reino de Lug. El reino de Lug también era llamado el Reino de los Cielos y esto se debía a que se encontraba en el aire. Era el reino al que Ersta le encomendó vigilar la tierra y los mares desde las alturas del cielo, y llevaban su cometido a rajatabla. Sus criaturas eran las más sabias y tenían como principio la justicia sobre todas las cosas. En él vivían desde criaturas corrientes como cuervos y palomas hasta criaturas legendarias como ángeles y dragones, aunque estos últimos nunca eran vistos pues hacía milenios que se apartaron del resto de criaturas y todos los reinos los creían extintos. Las criaturas adoradas por la Reina en Lug eran los ángeles, y a estos les otorgó el don de conceder milagros a criaturas merecedores de tales bendiciones y, por supuesto, les otorgó el don de controlar las corrientes de viento con sus alas, llegando a poder crear torbellinos del tamaño del mayor de los dragones.

    La Primera Reina fue capaz de controlar los tres reinos ella sola, y durante todos los milenios que su gran reinado duró, la paz reinó sobre los tres reinos. No era extraños ver a criaturas de un reino entrar y salir de los otros dos, pues las brujas, las sirenas y los ángeles eran los fieles consejeros de Ersta. La ayudaban a vigilar y controlar que ninguna regla fuese incumplida y ninguna ley fuese rota en sus dominios, pero no tenían de que preocuparse. Ningún ser quería desafiar a la Reina, pues sabían que igual que los creó podía hacer que con solo chasquear sus dedos desapareciesen, por lo que el respeto hacia ella era mayor a todas las cosas en las que creían.

    Todo en Boek era perfecto y nunca, ni una sola vez en todos aquellos años, esta paz fue interrumpida. Pero todo esto se puso en riesgo el mismo día que tres criaturas que no fueron creadas por Ersta aparecieron en el reino.

    La Primera Reina estaba sentada en el palacio de Grond, cuando las tres criaturas irrumpieron en la sala sin ningún tipo de problema.

    —Se os exige que os identifiquéis —ordenó con una voz controlada pero en la que, tanto ella misma como las tres anónimas invitadas, podían identificar el sonido de su nerviosismo.

    —Gracias por recibirnos Ersta —dijeron las tres ancianas al unísono.

    Nadie, jamás, había llamado a la Primera Reina por su nombre. Sólo la mejor sirena, la mejor bruja y el mejor ángel gozaban de ese privilegio.

    —Noto... noto que no formáis parte de mis creaciones —dijo Ersta, concentrando su mirada, intentando ver a través de los desgastados ropajes que llevaban las tres ancianas—. ¿Cómo podéis existir si no habéis sido creadas por mí?

    —Venimos de otra tierra, alteza —dijo la primera anciana.

    —De otro universo —pronunció la segunda anciana.

    —De otro tiempo —dijo la última.

    —¿Qué queréis? —preguntó, curiosa, la Reina.

    —Verá majestad, llevamos muchos años viviendo en su reino y, aunque hemos conseguido esquivar a sus guardias y vigilantes —dijo señalando a la zona donde se encontraban algunos ángeles del Reino de los Cielos—, hemos creído oportuno presentarnos oficialmente y poder bendecir a la Reina con nuestros dones.

    —No a su hija, pues no tenemos poderes sobre las criaturas que todavía no han visto al luz del sol —dijo la tercera anciana.

    —¿Hija?

    —Así es, majestad. Aunque usted no lo sabe todavía, está embarazada, y es una niña

    —Esta niña será la siguiente heredera al trono, y después lo será su hija, y así sucesivamente hasta que el reino sea separado —dijo la segunda anciana.

    —¿Estoy embarazada? —se llevó la mano al vientre y, como si sus sentidos se hubiesen agudizado, pudo notar los latidos. Sonrió—. ¿Y el reino se va a separar? ¿Cómo saben ustedes eso?

    —Verá señora, nosotras somos brujas venideras de un tiempo y reino muy lejanos. Se podría decir que venimos del futuro —dijo la anciana mayor, que era la líder del trío—. Por eso sabemos los hechos que sobre Boek van a acaecer, y venimos a advertirle.

    —A advertirme... —la Reina soltó unas suaves carcajadas que fueron imitadas por los ángeles que se encontraban en la Corte— ¿Sobre qué? Aquí nada ocurre sin que la Primera Reina lo provoque.

    —Aunque eso que dice es cierto, Creadora, hay una fuerza que está por encima de usted y es mucho más fuerte y dominante —sentenció la tercer anciana, que a la vez era la más joven, con una expresión seria en su rostro.

    En ese momento, un rumor se apoderó de la sala que provenía de las bocas de las creaciones de Ersta. Aquella ancianas habían desafiado a la Reina de forma indirecta.

    —¿Cómo os atrevéis? —dijo la Reina visiblemente molesta— No solo interrumpís sin ser invitadas, sino que amenazáis con advertirme y me retáis diciendo que hay una fuerza superior a mí.

    La sala enmudeció completamente y los guardias, divididos entre la curiosidad y el nerviosismo, dudaban sobre si marcharse o permanecer para ver finalizar aquel extraño espectáculo.

    —¿Una fuerza superior a la Primera Reina? ¡¿Una fuerza superior a La Creadora?!

    Llena de rabia y con un movimiento potente de manos, Ersta lanzó un conjuro a las ancianas, pero estas consiguieron esquivarlo sin mover ni un sólo músculo.

    —¿C-cómo? —preguntó Ersta muy confusa, pues los pocos que se habían atrevido a desafiarla nunca habían resistido a sus hechizos.

    —Como ya le hemos dicho, Reina, somos de otro tiempo. Su magia no nos afecta —se sacudió las vestimentas polvorientas y continuó—. Pero, aunque parezca todo lo contrario, no venimos a desafiarla, sino a ayudarla a luchar contra aquello que está por venir.

    —En efecto, hay una fuerza superior a su alteza y mucho más potente. El destino —dijo la anciana mediana, mirando con sus ojos a los de la Reina—. Según dictan las leyes naturales de Boek, el trono solo puede ser ocupado por una mujer, y la corona solo puede ser portada por una descendiente directa de la Primera Reina. ¿Es así o esta vieja mujer está equivocada alteza?

    —No se equivoca. Esas son las leyes naturales de la Tierra de Boek. Pero, ¿sobre qué quieren advertirme? —preguntó, preocupada e interesada, Ersta.

    —En un futuro lejano, mucho después de su reinado y del de su hija, el mandato de una de sus descendientes conocerá el fin de sus días, y entonces la heredera tendrá que tomar el control de la Tierra de Boek.

    —Exacto —dijo, interrumpiendo a la Reina, la anciana mayor—. Pero esta descendiente no tendrá una hija, sino que será la primera reina en tener a tres niñas con el mismo derecho sobre el trono. Estas tres princesas, al haber tres herederas, lucharan a muerte en una guerra que arrasará con Boek en su completa totalidad.

    En ese momento, la anciana más joven de aquel trío se llevó una mano a sus ojos y los tapós. Susurró algo inaudible tanto para la Reina como para los guardias, que seguía expectante el hilo de aquella conversación. Dobló su cuello y, cuando volvió a destaparse los ojos, estos estaban completamente en blanco.

    —Ángeles, sirenas y brujas. Todos lucharán bajo la orden de cada una de sus hijas. Reclutarán bestias marinas como el mismísimo Behitán. Seres celestiales como los extintos dragones resucitarán y la tierra se partirá en dos para que las criaturas caigan y ardan en los milenarios fuegos del interior de Boek —dijo la anciana más joven, de cuyos ojos, ahora grisáceos, resbalaban lágrimas al visualizar el caos que reinaría en un futuro sobre aquella Tierra—. Tras la sangre derramada, los cuerpos descompuestos y el terror creado, sólo una de sus descendientes conseguirá reinar. Para esto deberá extraer el corazón a sus propias hermanas, y no dudará en hacerlo.

    El rostro angelical de la Reina estaba cubierto de lágrimas que, sin perturbar su belleza, impresionaron a todos los presentes, pues la Reina nunca había llorado. El silencio más absoluto sumergía aquella sala mientras la anciana mayor y la mediana daban consuelo a la más joven, pues ella lo había visto todo a través de sus mirada, que ya había regresado a su estado natural.

    —¿Ustedes pueden ayudarme, ancianas? —preguntó la Reina, que estaba siendo consumida por el miedo.

    —Para eso hemos venido señora. Creemos tener la solución para que, en un futuro, la Tierra de Boek goce de la paz que hoy reina en ella.

    —G-gracias... —la reina secó suavemente sus lágrimas con sus finos dedos y continuó— ¿Puedo saber sus nombres?

    —Mi nombre es Telyn, alteza —dijo la anciana joven, que ya se había recuperado.

    —Yo respondo al nombre de Gemielde —dijo la anciana mediana.

    —Y yo me llamo Uvrou —intervino la anciana mayor.

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