Día 6. Demonio Interior (Escritober 2020)
Gemielde caminaba como podía. La cojera que tenía en la pierna izquierda hacía que fuese demasiado difícil caminar sobre aquella superficie. Era blanda, resbaladiza e irregular. Los cuerpos desmembrados estaban por todas partes. La anciana iba abriéndose paso a patadas entre distintos brazos y piernas, que a cada golpe sangraban y cubrían sus vestimentas de aquel líquido oscuro y coagulado. A estas alturas, era incapaz de distinguir qué sangre pertenecía a los guerreros caídos y cuál era la suya. Su pierna estaba muy malherida, y notaba cómo la punta de la flecha seguía incrustada en su interior, a pesar de haber intentado sacársela. Con cada torpe zancada que daba notaba cómo el veneno de armisuga iba consumiendo su cuerpo. Era un veneno conocido por deteriorar los músculos y hacer que el riego sanguíneo dejase de seguir su curso en cuestión de horas, hasta que la víctima cediese ante el agudo dolor y se diese por vencido. Pero Gemielde no se daría por vencida. No podía darse por vencida. De ella dependía el desenlace de aquella guerra.
Tenía que llegar al agua. Lo único que curaba el veneno de armisuga era que la herida entrase en contacto con el agua salada. Pero no se preocupaba por su vida. Tenía que salvar a Hidoi, a la que arrastraba inconsciente hacia la orilla del Mar Dagmat. Aharde la había traicionado y había decidido unirse a Aperia en su lucha contra el reino de Oseane. Hidoi confió en la única hermana que le quedaba y, aún así, fue traicionada, pero ambas se arrepentirían. Eso pensaba Gemielde. Cuando su niña fuese reina, sus hermanas tendrían que besar el terreno bajo el que se posasen los pies de Hidoi.
Consiguió llegar a la orilla, y de un tirón en el que se lastimó aún más la pierna, consiguió meter a la reina en el agua.
—Vamos. Hidoi, despierta —suplicaba la anciana—. Despierta, por favor, necesito que abras los ojos.
Gemielde se dio por vencida. Habían perdido la guerra. Tantos años recluidas en el reino. Tantos esfuerzos que acababan de morir junto a la reina de Oseane. Comenzó a llorar y enterró su rostro entre las arrugadas manos cubiertas de sangre que, junto a las lágrimas, corrían hasta la comisura de los labios de la anciana.
—Perdóname, mi niña...
Levantó la mirada para observar el cuerpo sin vida de Hidoi, pero este ya no estaba. Miró alrededor, pero no conseguía localizarla en el campo de batalla. Volvió a mirar al mar y escuchó como todos los guerreros enmudecieron, y la guerra paró. Hidoi estaba levitando sobre el Mar Dagmat. Sus ropas empapadas reflectaban el color blanco puro que sus ojos y su boca desprendían. Estaba transitando a su estado verander.
Aperia la observaba desde las alturas, mientras volaba hacia el palacio de Grond, desde donde se podía presenciar todo lo que estaba ocurriendo aquel día, pero en el último segundo cambió de rumbo. Se dirigía hacia Hidoi.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Telyn.
—Atacarla —intervino Uvrou, que se encontraba acompañada por Aharde—. Cuando alguien está en su estado verander es el momento en el que su vulnerabilidad es mayor. Un ataque que heriría levemente a Hidoi, en este instante, podría matarla.
—Si Aperia sabe cómo hacerlo —interrumpió Aharde—, la guerra acaba ahora.
Y así era. La intención de Aperia era aprovechar el momento vulnerable de Hidoi para matarla y poner fin a aquella terrible guerra. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, apuntó con su arco, cuyas flechas estaban cubiertas en el veneno que estaba matando a Gemielde, en dirección a la garganta de su hermana. Disparó.
Los ojos de todos los presentes presenciaron algo nunca visto. Hidoi sostenía la flecha con una mano, mientras que sus ojos y su boca desprendían ahora una luz del negro más intenso jamás visto.
—No puede ser —dijo Uvrou.
—¿Qué es eso? —preguntó Aharde, tirando de la manga de su abuela— ¡¿Qué es eso?!
—Es su estado neibumo.
Las dos ancianas y la reina se giraron asustadas al escuchar la voz de Gemielde a sus espaldas.
—El neibumo es exactamente lo contrario al verander —dijo Gemielde, cuya herida ya estaba cerrada—. El verander tiene como objetivo hacer que lo mejor de tu alma salga a relucir. .
—Entonces, el neibumo es...
La reina de Grond comenzó a toser. No tenía voz, y su cuerpo comenzó a convulsionar. Al mismo tiempo, Aperia cayó del cielo al mar, consciente pero incapaz de mover ni un solo músculo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Telyn, aterrorizada.
—El neibumo es el demonio interior —dijo Gemielde mientras sonreía—. Al contrario que el verander, el neibumo no adopta forma física, sino que es un poder otorgado a las reinas de Boek por Ersta. Sólo puede ser usado cuando alguien controla todos los elementos existentes, e Hidoi lo consiguió cuando aprendió a controlar el alma.
—¿Cuál es el neibumo de Hidoi?
—Robar los veranders de las demás reinas y fusionarlos. Por eso no pueden moverse ni hablar. Les ha robado parte de su alma —contestó Uvrou, que tenía la voz resquebrajada mientras observaba a Hidoi
La reina de Oseane quedó cubierta por una bola negra, que al formarse emitió un alarido que las ancianas jamás habían presenciado antes. Cuando la bruma se esfumó, una bestia del tamaño de mil montañas apareció ante los ojos de los presentes, que comenzaron a huir entre gritos y pánico intentando esquivar los ataques de las sirenas y brujas oscuras.
—!Uvrou! ¡Telyn! ¡Aharde! —giritaba Gemielde con un tono de orgullo y superioridad en la voz— ¡Es un placer para mí presentaros al Behitán! —señaló al monstruo— ¡La primera bestia de la humanidad y el demonio interior de Hidoi!
Gemielde rio a carcajadas como una desquiciada, mientras que las ancianas ayudaban a la reina a recomponerse.
—Dadme la enhorabuena... Hemos ganado la guerra.
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