Día 5. Recuerdo Inolvidable (Escritober 2020)
El amor entre Aharde y Tau fue una relación que siguió un ritmo lento. Se fue fraguando durante años, desde que fueron niños hasta ahora. Empezaron siendo amigos, cuando Tau se coló en palacio porque decían que en él vivía la niña con la piel otorgada por la noche y el pelo hecho de luz de luna. Cuando la vio quedó hipnotizado por siempre, y día tras día iba al castillo a verla leer desde la distancia. Adoraba cómo su piel de color sable contrastaba con su larga melena plateada. Cómo cada día tenía un libro nuevo en las manos, y parecía que nunca se cansaba de leer. Estuvo tanto tiempo en palacio que los altos cargos pensaban que era un amigo de las princesas, y así fue como consiguió acercarse más a ella.
Durante semanas, estuvo planeando la forma de poder entrar a aquel pequeño jardín, y cuando por fin lo consiguió, no sabía cómo debía actuar o que tenía que hacer. Los guardias lo escoltaron hasta el banco que rodeaba la fuente central del jardín para que esperase a la princesa, pero en cuanto se fueron él decidió esconderse. ¿Qué pensaría la princesa al ver a un desconocido decir que era su amigo?, pensó. Estaba muy asustado, pero no podía desaprovechar esta oportunidad. Al poco tiempo, escuchó como dos personas se acercaban. Eran la princesa y aquella anciana que siempre la acompañaba.
—Me encantó el libro, abuela —escuchó decir a la niña.
—Me alegro, mi niña. Te he traído otro —de su cesta sacó un libro pequeño, que no tenía título ni inscripción alguna—. Este es mi favorito, Aharde.
—Aharde... —pronunció Tau en un tono de voz que sólo el podía escuchar.
—Te dejo que te lo leas tranquila. Recuerda que en tres horas tenemos que seguir practicando una nueva forma de verander.
—Sí, abuela.
La anciana le besó la mejilla y se marchó. En ese momento, Aharde, que llevaba un vestido de una tela que Tau no sabía reconocer, se tumbó en uno de los bancos de piedra fría y comenzó a leer el libro que su abuela le había dado. Leía en voz alta, y era la primera vez que Tau oía cómo sonaba.
Pasó entre una y dos horas, no estaba seguro, pero lo que sí sabía era que sus piernas no aguantarían mucho más. Estaba en cuclillas detrás de un arbusto para evitar ser visto y asustar a la princesa, pero iba notando cómo las piernas le cosquilleaban y cómo poco a poco le iban temblando. Aguantó lo máximo que pudo, pero cuando ya no resistió más intentó ponerse de pie. Nada más levantarse, sus débiles piernas decidieron que no iban a realizar la función que debían y Tau cayó de lado al suelo. Levantó la mirada y vio cómo Aharde lo observaba con una ceja arqueada.
—¿Llevas dos horas ahí y sales tirándote al suelo? —preguntó la princesa.
—¿Sabías que estaba escondido?
—Desde que he entrado al jardín no he podido leer porque respiras como un oso. Estaba escuchando el aire entrar y salir de tus pulmones —dijo Aharde, ayundando a Tau a levantarse—. ¿Cómo te llamas? Yo soy Aharde.
—Yo... me... me llamo... yo soy... Tau.
—¿Quieres que seamos amigos?
—¿Amigos? —dijo confundido— ¡Claro! Pero dime, ¿qué es eso del verander?
La princesa decidió aprovechar aquella oportunidad. Si Tau no la temía sería el primer niño de su edad en hacerlo, y así podrían ser verdaderos amigos.
—Verander es cambiar de forma con el alma. Es mi don como princesa.
—¿Las princesas tenéis un don? —preguntó extrañado.
—Claro. Por ejemplo, mis hermanas Aperia e Hidoi pueden convertirse en seres de Lug y de Oseane.
—¿Y cuál es tu verander?
Aharde dejó el libro reposando en el borde de la fuente. Se alejó un poco de Tau y se quitó la pequeña corona de la cabeza. Hizo unos leves estiramientos y comenzó a controlar su respiración. Tau estaba controlando también la suya, por miedo a distraer a la princesa y que no pudiese transformarse, pero cuando vio a la futura reina se le cortó la respiración. Aharde estaba flotando a escasos centímetros del suelo, y sus ojos y boca brillaban tanto que Tau tuvo que taparse ligeramente la cara con la mano. Entre una explosión de luz y el rugido más ensordecedor que aquel niño había escuchado jamás, apareció de nuevo la princesa, transformada en un león que ocupaba prácticamente todo el jardín.
Tau, en lugar de asustarse, se acercó a acariciarla. Tenía el pelaje del cuerpo negro como la noche, y la melena que enmarcaba su rostro blanca como la luna.
—La niña con la piel otorgada por la noche y el pelo hecho de luz de luna —susurró.
Al ver que no se asustaba, la princesa volvió a su forma humana, y se mantuvo en silencio esperando a que fuese Tau quien hablase.
—¡Que pasada! —gritó el niño
Aharde cogió el libro del borde de la fuente, le dio un beso en la mejilla a Tau y salió a correr.
—¡Sígueme!
Tau obedeció y corrió tras la princesa.
—¡Aharde! —exclamó Uvrou— Te estoy hablando.
—Perdón, abuela. Estaba pensando en otras cosas.
—Pues no puedes —sentenció la anciana—. Ya tendrás tiempo de pensar después de la boda. Vamos muy apuradas de tiempo.
—No se preocupe, Uvrou —dijo Olike irrumpiendo en la habitación—, que ya está aquí el vestido. Cortesía de las agbenes.
Olike, la ninfa que se había encargado de preparar la boda, dejó un saco de lino blanco sobre la cama de la reina y la desbotonó, sacando de ella el vestido que Aharde llevaría al caminar hacia el altar.
—Vaya... —dijo Aharde en un suspiro.
—Son pesadas, pero nadie fabrica atuendos cómo lo hacen las agbenes —dijo Uvrou, maravillada por lo que tenía ante ella
Aharde entró a la sala principal del Palacio Central, donde se iba a celebrar el enlace. Cuando se dejó ver por los invitados que la esperaban, éstos se mantuvieron en silencio unos segundos, mudos ante la belleza de la reina de Grond. El silencio duró poco, e inmediatamente fueron los aplausos y vítores los que inundaron la sala, ante la sonrisa de la reina. El cuerpo de Aharde estaba abrazado por un largo y ligero vestido de hecho de la seda más fina y rica que las agbenes pudieron fabricar. El vestido era gris ceniza con remates y detalles ámbar, que iban a juego con los ojos de la reina. Tenía la espalda abierta y las mangas rozaban el suelo del castillo, que a su vez era barrido por la larga cola del vestido. Llevaba el pelo recogido en un moño trenzado que fue adornado con los elementos que los tres reinos habían presentado a la reina en honor a su matrimonio y como símbolo de lealtad eterna. Las perlas representaban la belleza y dureza que existía en el fondo de Oseane, y estaban esparcidas a lo largo de aquel peinado para deslumbrar a todos los invitados con cada rayo de sol que se cruzase con ellas. Los pétalos de rosas, que tenían como estaban dispuestos a lo largo del nacimiento del cabello de la reina, representaban el continuo crecimiento y perecimiento de la vida que Grond presenciaba cada día, y que hacía del reino un lugar tan bello que a todas las criaturas enamoraba. Y, por último, las plumas que Lug había entregado mostraban y representaban la pureza por la que el Reino de los Cielos se caracterizaba y que, nada más verlas, transmitían la tranquilidad de una brisa de aire en el verano más caluroso, y estaban colocadas alrededor del cabello en forma de diadema.
Aharde estaba preparada para casarse.
Vio como, al acercarse, el rostro de Tau se iluminaba y sus ojo se humedecían, hasta el punto en el que podía ver su propio reflejo en ellos.
—Te quiero —dijo su mejor amigo.
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