Día 2. Ropa de color azul (Escritober 2020)

 

    Hidoi acababa de regresar de su reunión con los Cinco Tritones. Habían concretado los últimos detalles de la estrategia que iban a seguir una vez decidiesen conquistar los reinos de Grond y Lug. Teniéndolos a ellos de su lado, las cinco criaturas más temidas de las profundidades de Oseane, estaba siendo demasiado fácil planear el ataque, y estaba confiada en que llevaba bastante ventaja a sus hermanas.

    Entró a su habitación y se sobresaltó al ver a Gemielde sentada en una de las butacas que había junto a la ventana. No esperaba a la anciana despierta desde tan temprano.

    —Hidoi, el herrero ya tiene listas todas las armaduras.

    —Buenos días a ti también, abuela —dijo la reina antes de quitarse la corona y dejarla sobre el tocador—. ¿Te has asegurado de que las armaduras tienen forma humana? Vamos a luchar sobre la superficie. No dispondremos de nuestras colas y necesitamos tener las piernas protegidas, es nuestro único punto débil.

    —Sí —afirmó Gemielde—. Me he asegurado personalmente de que las piernas sean las zonas que cuenten con la mayor protección posible. Además, este último mes hemos hecho más de cien pruebas distintas y no hemos sido capaces de encontrar ningún elemento capaz de dañar el material con el que se han fabricado las armaduras. Es imposible que nos derroten. Vamos a ganar la guerra.

    —Nunca hay que celebrar antes de tiempo, abuela.

    —Cierto, pero es que sé que lo vamos a conseguir.

    —¿Has preparado también los atuendos que te pedí?

    —Sí. Todos los uniformes son del azul más puro que existe. El color de la Nación de Oseane. Además, tu capa ya está lista —Gemielde abrió una de las cajas que había traído y sacó la capa—. Está hecha con seda, y tiene la pechera que pediste, hecha con platino y oro. Indestructible.

    La anciana se la tendió a la reina. Hidoi cogió la fina pero pesada capa en sus manos e inmediatamente supo qué tejido era.

    —Está hecha con seda de fananga—dijo enfurecida—. ¿Has estado en Grond?

    —S-sí, pero sólo porque...

    —¡Ordené que nadie saliese del reino!

    Hidoi gritó tan fuerte que el sonido retumbó a lo largo de todo el reino. Enfurecida quemó el uniforme de una sola mirada y tiró la pechera, cubierta de ceniza azul, a los pies de la anciana. Era cierto que no se podía destruir.

    Gemielde se acercó despacio a la reina y, con calma, la abrazó. Hidoi reclinó su cabeza contra el pecho de su abuela y se relajó antes de decir algo de lo que pudiese arrepentirse.

    —Lo siento —dijo Hidoi—, pero di órdenes claras de que nadie visitase ningún otro reino. Hasta yo he malgastado estos ocho años aquí encerrada.

    —¿Eres consciente de todo lo que has conseguido durante estos ocho años? Nunca antes un miembro ajeno al clan de las brujas había sido capaz de controlar el fuego, y mucho menos una sirena —dijo la anciana—. Te estás preparando para el momento más importante de tu vida. No has malgastado los años, los has aprovechado para asegurarte de que la victoria será tuya.

    —Tienes razón. Ya rozo la victoria y puedo saborearla perfectamente —dijo mientras se separaba de Gemielde—, pero si quiero estar segura de que ganaré la guerra tengo que aprender a controlar lo único que me falta.

    —Ya controlas el fuego, el agua, el metal, el tiempo, etc., ¿qué más quieres controlar?

    Hidoi se giró y la expresión que tomó su rostro asustó a la anciana, que retrocedió un par de pasos.

    —Quiero controlar el alma.

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