Día 11. Estrellas Fugaces (Escritober 2020)
Tau se levantó de la cama y apartó el libro de las manos de Uvrou, que se había quedado dormida mientras le leía la historia de Boek. Dejó el libro sobre una mesa pequeña que había en el centro de la habitación y miró por la ventana. El Palacio Central de Grond se encontraba en una posición desde la que, en la parte trasera del castillo, se podía ver perfectamente el Mar Dagmat, aquel donde el marido de Aharde y padre de Tau había perdido la vida. Al borde del acantilado desde el que se veía el mar, Tau pudo distinguir la silueta de su madre, sola y sentada en el suelo. Procuró hacer el menor ruido posible y, sin que la anciana se despertase, consiguió salir de su habitación. Decidió no ponerse los zapatos y salir descalzo para evitar cualquier posible ruido.
Bajó las escaleras con el mismo silencio con el que había salido de su cuarto. Los fríos escalones de piedra eran culpables de que casi no pudiese notar sus propios pies, pero eso no lo detuvo y salió de palacio. Según las órdenes de su madre, a partir de esas horas de la noche, el ya debía de estar en la cama y durmiendo, pero Tau conocía la manera de salir de aquel castillo sin ser visto.
Se acercó en silencio a su madre, pero caminó lo suficientemente fuerte como para que las reina escuchase las pisadas y no se asustase.
—Mamá, ¿qué haces aquí? —se sentó, cruzando las piernas.
—Hola, mi amor —la pasó un brazo por los hombros y lo pegó a ella—. A veces, cuando no puedo dormir, vengo aquí y me siento.
—¿Por qué te sientas sola? A mí no me gusta estar solo.
—¿Por eso haces todas tus escapadas a solas? —dijo Aharde, sonriente ante la estupefacción de Tau, que pensaba que su madre no era consciente de que se escapaba del castillo.
—Yo nunca voy solo —confesó Tau—, porque siempre que salgo de palacio hay un gato naranja que me sigue a todas partes. La última vez no vino conmigo porque era la hora de su siesta.
La reina sonreía ante la inocencia pícara que su hijo tenía en su interior, y que tanto le hacía acordarse de su difunto esposo.
—Estás pensando en papá, ¿verdad? —preguntó casi susurrando.
—Sí.
—¿Qué le pasó?
Aharde dudó un par de minutos. No sabía si su hijo estaba preparado para oír lo que realmente le ocurrió a su padre, pero si no se lo contaba ahora, en un futuro podría arrepentirse.
—¿Has escuchado hablar de los Cinco Tritones?
Hace años, cuando Tau solo tenía unos meses de edad, las reservas de pescado en el reino caían a ritmos muy preocupantes. Hidoi se había recluido en Oseane y no dejaba a ninguna criatura del reino salir a la superficie, por lo que Grond y Lug no disponían de alimentos acuáticos, la dieta principal de los habitantes de Boek. Aunque Aharde era la reina de Grond, Tau jugaba un papel fundamental en las decisiones que se tomaban respecto al reino, pues su mujer detestaba gobernar y lo evitaba lo máximo posible.
La población no dejaba de hacer que sus críticas sobre la escasez de comida se notasen, y Tau tomó la decisión de actuar.
—Los barcos pesqueros saldrán a realizar su cometido —dijo Tau—, y yo iré con ellos.
—Cariño, no creo que sea la mejor idea. Si Hidoi cerró las fronteras del reino y prohibió la pesca, alguna razón tendrá —replicó, preocupada, Aharde.
—Sí. Provocar.
Sin hacer caso a su mujer, Tau y los barcos pesqueros del reino de Grond salieron a pescar. Se dirigieron al Mar de Dagmat, y comenzaron su labor. El mar estaba muy movido, algo que no era usual desde la desaparición de la reina de Oseane. Muchas criaturas del reino de Grond y de Lug estaban en la orilla contemplando la pesca, pues suponía una muestra de cómo Tau no se amedrentaría ante Hidoi y le plantaría cara con cada provocación que ella realizase.
El cielo estaba oscuro, ennegrecido por las nubes que se concentraban sobre el agua. Parecía que iba a llover. Aharde y Aperia, que estaban en la orilla con sus respectivos pueblos, no presentían que aquella jornada fuese a acabar bien.
—¡Tau! —gritó Aharde— ¡Regresad, esto no tiene sentido!
—¡No! —exclamó Tau— ¡Hidoi no puede prohibirnos conseguir alimento!
Las aguas cada vez estaban más revueltas. Los botes con gran dificultad se mantenían equilibrados sobre las grandes olas. Comenzó a llover y el cielo se oscureció aún más, haciendo que fuese casi imposible distinguir cualquier cosa que ocurriese en el mar. De pronto, la risa de una niña pequeña inundó el ambiente. Aharde sintió como un escalofrío recorrió su espalda.
—¡Tau! —gritó la reina.
—¡Es Lobbo! —gritó una voz que se encontraba entre el gentío.
La gente empezó a huir, despavorida, mientras que de las profundidades del agua un gran monstruo se reveló. La risa infantil se fue convirtiendo rápidamente en un rugido diabólico. Provenía de Lobbo, el gigante del mar y uno de los Cinco Tritones.
Los barcos pesqueros intentaron girar y regresar a tierra, pero las olas que Lobbo formaba con sus grandes brazos hicieron que todos, excepto el de Tau, volcasen. Se podía ver cómo brazos y cabezas flotaban sobre el agua pidiendo auxilio mientras luchaban por no morir ahogados, sin éxito.
—Aperia, tienes que hacer algo —rogó Aharde a su hermana.
—Lo siento, hermana —dijo la reina de Lug—. Esto fue idea de Tau, y no puedo arriesgar a que mis soldados mueran a manos de Lobbo.
En ese momento, el gigante dejó caer uno de sus grandes brazos sobre el barco donde estaba el marido de la reina, haciendo que se rompiese en mil pedazos. Cuerpos inertes volaron por los aires al explotar el barco, pero Aharde vio como Lobbo sujetaba a su marido en la mano, mientras este intentaba luchar contra él.
—¡Aharde, te quiero!
Estas fueron las últimas palabras que la reina escuchó de la boca de su marido, que se hundía al mismo tiempo que el gigante regresaba a las profundidades de Oseane, sin soltar a Tau. La risa infantil regresó y se difuminó junto a los gritos de pánico del pueblo.
—He leído sobre eso —dijo el hijo de la reina—. A ese día le dicen el Levante de Lobbo, ¿verdad?
—Sí —afirmó con un débil hilo de voz—. El mar es precioso, pero más peligroso que cualquier otra cosa en Boek.
El silencio reinó durante unos segundos. Ahora Tau sabía cómo había muerto su padre, y Aharde deseaba no habérselo contado, pero prefería que lo supiese de su propia boca y no de la de Uvrou, que siempre era la que le relataba todo al príncipe.
—¡Mira, mamá! —gritó Tau, señalando al cielo.
En ese momento, una estrella fugaz iluminó por un par de segundos la oscura noche.
—¿Qué es eso?
—Es una estrella fugaz —contestó Aharde—. Dicen que la estrella más brillante del cielo es alguien que nos quiere y que nos protege, pero que ya no está con nosotros.
—¿Como papá? —preguntó Tau, sonriendo.
La reina lo abrazó y, ahogando sus lágrimas, apoyó la cabeza de su hijo en su hombro.
—Como papá —dijo con la voz rota.
—¡Sacadme de aquí! —gritaba una voz.
—Es inútil, llevas aquí encerrado siete años, ¿qué te hace pensar que voy a liberarte ahora?
—Hidoi... —dijo sin fuerzas— Te juro que algún día seré libre, y ese día será tu último.
La reina comenzó a reírse tan fuerte que se quedó sin aire.
—No eres más que un hombre —dijo Hidoi—. No sé qué vio mi hermana para casarse contigo, Tau.

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