Bahar

  


Odiaba el invierno. 

Odiaba todo lo que aquella estación traía consigo. Odiaba el viento, odiaba las noches frías, pero sobre todo odiaba el recuerdo de la sangre de mi padre tiñendo la espesa nieve de un rojo vivo y humeante. Hace ya un lustro que fue asesinado, yo tenía diez años cuando vi cómo le cortaron la cabeza delante de mí y esta, como la manzana que cae del árbol, llegó rodando hasta mis pies. Clavé mi mirada en sus ojos sin vida, y noté cómo la sangre borbotaba y empapaba mis zapatos, los mismos que a día de hoy era forzada a vestir pues nadie me obsequiaba con un nuevo par. Por mí iría descalza, pero el frío invernal calaba en mis huesos aún llevando aquellos roídos zapatos; sin ellos ni siquiera podría ponerme en pie por las mañanas.

Aquel frío era devastador, y mi cuerpo notaba su influencia. Durante cinco años fui forzada a dormir sobre una manta desgastada en el suelo, donde las bajas temperaturas castigaban y torturaban mi cuerpo. Tenía quince años, pero no podía moverme sin parecer de la edad de mi padre cuando vinieron a por él.

Nunca estuve acostumbrada a esto, yo era la princesa de este castillo y la persona que debía estar al poder desde que mi padre pasó a mejor vida. Crecí durmiendo en camas de la mejor calidad y arropada por capas y capas de mantas que mitigaban el frío de la región. Todo eso había acabado hace mucho.

Habían pasado pocos meses desde el decapitamiento de mi padre, el rey, cuando descubrí que mi título de princesa había sido sustituido por el apodo de “La Maldita”. Ese pasó a ser mi nombre, y tras cinco años de aislamiento, con el único contacto siendo el vigilante de la puerta de mi prisión, olvidé mi verdadero nombre. Yo misma me refería a mi persona como La Maldita. Borraron mi propia identidad, o eso creían todos, incluida yo.

Todos los días me traían un trozo de pan y fruta, todo acompañado por una jarra de agua. Me comía la fruta, que no se diferenciaba mucho del pan en sabor, pero que era lo único a lo que no podía darle más uso que el de alimentarme. Pasé de considerar el pan y el agua como alimentos a considerarlos necesarios para mi higiene básica. En cinco años nunca recibí una ducha ni un baño, por lo que aprendí a usar el agua de la jarra para lavarme el cuerpo, y el pan como esponja para eliminar cualquier costra de polvo, suciedad o sangre. Si algo tenía seguro es que nadie me sacaría de allí muerta estando sucia, porque ya había asumido que la única manera de salir de aquella prisión era cuando muriese. Fue una de las veces que me dieron el pan, el agua y la fruta cuando escuché a dos guardias en la puerta, siendo uno de ellos Kario, el que me vigilaba.

—La comida para La Maldita —dijo una voz ronca y profunda.

—No la llames así —le recriminó Kario.

—¿Te sabes su nombre? —asumí que Kario negó mediante gestos pues su compañero continuó— Pues entonces le va bien el mote, además no tengo intención en averiguar su verdadero nombre ni en acercarme a ella.

Aquel guardia se marchó, actuando como si no supiera que la que estaba allí encerrada era la princesa. Kario, cuyo nombre en ese momento desconocía, abrió la puerta de mi celda y entró con un plato y la jarra. Puso ambas cosas en el suelo y se sentó justo enfrente de mí.

—¿Cómo te llamas? —preguntó casi en un susurro.

A pesar de mi corta edad, podía notar el temblor de su voz y el miedo que emanaba de su garganta. ¿Me temía? Quizás por eso me tenían encerrada, porque todos me temían.

—Yo me llamo Kario...

Se identificó intentado que yo le dijese mi nombre también, pero no lo consiguió, simplemente me limité a abrazar mis rodillas y mirar al suelo. Desistió y, antes de marcharse, acercó el plato y la jarra a mis pies invitándome a comer.

Con el paso de los años, Kario entraba todos los días a mi habitación, absolutamente todos, y me daba el agua, el pan y la fruta. Siempre se sentaba durante un par de minutos delante de mí y me hablaba sobre su vida. Era el hijo pequeño de su casa, apenas tenía cinco años más que yo, por lo que era muy joven. Tenía un novio con el que tenía pensado viajar por todo el mundo, lejos de aquel castillo, en el momento en que su cometido se cumpliese. Su cometido era vigilar mi puerta y, por lo tanto, a mí, por lo que su misión terminaría el día en que yo me muriese. Nunca me lo confirmó, y nunca le pregunté, pero por su mirada comprendí que ese sería el final para ambos, mi muerte.

Kario tenía la mirada de mi padre, y la misma mirada que todo mi reino. Tenía un ojo del color de la hierva que la nieve cubría y otro ojo que reflejaba el azul del mar, aquel que se podía ver y oír desde mi prisión. Nunca había conocido a nadie con ambos ojos del mismo color, aquello no existía en el reino, y el momento en el que alguien o algo así existiese sería el fin de la humanidad, o eso era lo que relataba una de las leyendas que mi padre me contaba antes de que me quedase dormida por las noches.

Tras tantos años juntos, llegamos a ser amigos, pero jamás le revelé mi nombre a pesar de que me preguntaba por él de forma diaria.

No fue hasta hace un par de días cuando descubrí el origen de mi apodo. Kario entró a mi celda y siguió el mismo ritual de siempre, dejó las cosas en el suelo y tomó asiento en el suelo.

—Kario —el frío había dejado mi voz ronca y apagada—, ¿puedo hacerte una pregunta?

Se limitó a asentir con la cabeza mientras cortaba la fruta con un cuchillo reluciente que siempre llevaba encima, y que nunca me dejaba usar por precaución, pensaría que iba a intentar autolesionarme o lesionarlo a él, y probablemente lo hubiese hecho de haber tenido el cuchillo en mis manos.

—¿Por qué me llamáis la Maldita?

—Yo nunca te he llamado así —contestó rápidamente.

—Bueno, el resto de los guardias que vienen a hablar contigo siempre se refieren a mí con ese apodo.

Hubo unos minutos de silencio, en los que terminó de cortar mi fruta.

—¿No es evidente? —negué con la cabeza ante su pregunta— Eres la princesa, ¿nunca te miraste en ningún espejo? ¿Nunca miraste tu reflejo en el río o en algún charco? ¿En el hielo?

Volví a negar, sin entender a dónde quería llegar y a lo que se refería. Lo pensé y era cierto, y a la vez curioso, que nunca había visto mi imagen más que en retratos por los que mi padre pagaba grandes cantidades de plata, pero no sabía a ciencia cierta si era un representación fiel de mi rostro y mis facciones.

Kario se levantó, limpió su cuchillo en mi manta y me lo dio.

Lo comprendí.

—Tu padre intentaba protegerte, por eso el pueblo lo asesinó.

El cuchillo me devolvía la imagen que mi padre, durante tantos años, había intentado ocultar. Me prohibió acercarme al río, al lago o al hielo sin supervisión, y cuando estaba supervisada nunca dejaban que mirase mi reflejo. Pagaba el doble de dinero a los artistas para que modificasen mis retratos, y así poder ocultar lo que la gente tanto temía de mí. Era la maldición de la que hablaba la leyenda, tenía ambos ojos del mismo color.

Aquella noche intenté conciliar el sueño, pero fue casi imposible. No podía dejar de recrear el reflejo de mis ojos en el cuchillo en mi mente, repitiendo una y otra vez aquella imagen. No sólo tenía ambos ojos del mismo color, sino que eran totalmente negros, del negro más puro que había visto jamás. Donde otras personas tenían verde yo tenía negro, donde otros tenían azul yo tenía negro, donde todos tenían blanco yo volvía a tener negro. Eran dos esferas tintadas de negro, sin ningún ápice o pincelada de otro color. Cuando olvidé mi imagen conseguí dormir, pero no de manera plácida. Una pesadilla se apoderó de mi mente.

La verdad ha sido revelada. La profecía ha comenzado.

Escuchaba aquellas palabras en un susurro metálico, y era la única frase que podía identificar. El relinchar de un caballo y el batir de unas grandes alas acompañaban aquel canto reiterado, profundo y que me estaba provocando dolor de cabeza. Escuchaba olas de fondo, que rompían contra la costa y se sentían más cercanas que de costumbre. ¿Serían las olas que podía ver y oír cada día desde mi pequeña ventana? Aquel campo líquido de color azul, que tanto me calmaba pero que hacía que mi corazón latiese más veloz que nunca, ¿estaba intentando comunicarse conmigo?

Me desperté.

No desperté sobresaltada, ni sudando, ni asfixiada. No parecía que me hubiese despertado de una pesadilla, ¿y si no era una pesadilla?

Me puse en pie, intentado estirar mi frío cuerpo para olvidar aquel sueño, mis ojos y la imagen eterna de la mirada muerta de mi padre, de mi protector. La celda estaba oscura y nada se podía ver, pero la estrecha ventana de la pared dejaba entrar un minúsculo halo de la luz de la luna, que estaba en su máximo esplendor aquella noche. Las olas del mar rompían contra las paredes del acantilado que separaban el castillo de del fondo marino. Seguro que lo que había soñado era debido a lo ruidoso del mar, ruidoso pero acogedor y tranquilizante.

Decidí sentarme sobre la manta y recostarme de nuevo para volver a dormir cuando escuché un sonido fuerte y demasiado cercano. Era el batir de las alas que escuché en mi pesadilla, ¿seguía dormida? Una gran sombra tapó los escasos rayos de luna que entraban por la ventana, y algo cayó cuando aquella sombra se disipó. Algo entró por la ventana. Me acerqué, arrastrándome por el suelo, hasta donde había caído aquel objeto. Lo cogí y lo toqué hasta poder identificar qué era, ¿ramas? Escuché la puerta de mi celda abrirse y rápidamente me tiré sobre la manta, golpeándome la cadera contra el suelo y dejando escapar un quejido que no pude reprimir.

—¿Estás bien?

La voz de Kario me tranquilizó. Me giré y, fingiendo que me acababa de despertar, asentí levemente.

—Solo era una pesadilla.

—¿Quieres contármela? —preguntó en un susurro.

No había entrado a la celda, simplemente se limitaba a mirarme desde la puerta. Siempre había sido tan considerado conmigo y tan respetuoso que no podía odiarlo como al resto de guardias, a pesar de que estaba involucrado con la gente que asesinó a mi padre. ¿Cómo de culpable es alguien que se juega su vida si no acata órdenes? No le guardaba ningún rencor, pero no podía confiar en él, todavía no.

—He soñado con mi padre...

Entendió que me refería a su decapitación, ya que agachó la cabeza y se limitó a mirar el suelo.

—Sigue durmiendo —dijo mientras cerraba la puerta.

Sabiendo que aquel sonido metálico me devolvía la poca privacidad de la que disponía, saqué de mi falda las ramas. Tenían una forma bastante peculiar que me recordaban a las hondas que mi padre solía hacer cuando íbamos a dar paseos por el monte para que yo estuviese entretenida. Tenían forma de 'Y', y con ellas solía tirar pequeñas piedras a mi padre para incordiarlo. Algo o alguien me estaba mandando una señal, ¿era ese mi plan de escape? En aquel momento lo vi todo claro. Durante cinco años había conquistado la celda, ahora era el momento de conquistar lo que por derecho me pertenecía. Tenía que hacerme con la corona y pasar de ser la Maldita a la regidora del reino. Ya no sería una princesa, me nombrarían reina.

La mañana siguiente comenzó con los rayos del sol más puro que había presenciado en aquellos años. El cielo estaba despejado, el mar estaba tranquilo, y se podían escuchar los diferentes sonidos que rara vez acompañaban al invierno. Niños jugando, pájaros piando y el vaivén del mar sosegado acariciando la orilla de la playa del acantilado. Era el momento perfecto para comenzar mi plan.

Haciendo uso de memoria y recordando cómo lo solía hacer mi padre, trencé y entrelacé las ramas para formar la estructura de una honza. Parecía rígida y firma, pero flexible, perfecta para mi cometido. Con mis dedos astillados por las ramas, arranqué un trozo de tela de mi falda y, atándolo a ambos extremos de la honza, conseguí lo que sería mi arma. Solo me faltaba el proyectil.

En ese momento, la tranquilidad de la mañana fue interrumpida por el regreso de los guardias del reino, que pedían paso a gritos, haciendo que los niños y las lavanderas abriesen el camino. Los guardias rara vez gritaban. Nunca me asomaba ya que no me interesaban los quehaceres de la gente del reino, pero algo me incitó a levantarme y mirar por la pequeña ventana. Los guardias traían una captura inusual.

Un animal que jamás había visto o estudiado los acompañaba, completamente atado y amordazado. Era una vista increíble y casi dolorosa, y al fijarme en el resto de la gente comprendí porqué los guardias gritaban. Tenían los ojos vendados, y los niños y lavanderas se cubrían el rostros con trapos, manos o giraban la cabeza. El sol golpeaba las plateadas plumas de aquel animal y emitía una luz casi cegadora, pero que por algún motivo mis ojos podían soportar como si de cualquier luz insignificante se tratase. Aquel animal tenía la cabeza y las patas delanteras de un águila, pero el resto del cuerpo se asemejaba a un caballo, mientras que sus grandes alas, atadas en ese momento, eran las culpables de la ceguera temporal de la gente. Era algo precioso de admirar, y me sentía afortunada en cierto modo por ser la única que pudiese contemplar dicha belleza.

El animal cruzó miradas conmigo, y en ese momento comenzó a revolucionarse. Intentó deshacerse de sus ataduras y su mordaza, haciendo que todos los niños y mujeres huyeran a sus casas. Los guardias no podían quitarse las vendas, por lo que no veían bien qué estaba haciendo aquella bestia. Con una fuerza que jamás presencié, sus alas rompieron las gruesas cuerdas que las mantenían inmovilizadas, y las abrió para revelar una envergadura que hacía las veces de dos ejércitos completos. Aquellas no eran las alas de un águila, eran mis alas. Por alguna razón que desconocía, mi corazón me decía que había visto aquella criatura antes, quizá en el bosque con mi padre.

Uno de los guardias, desesperado, se quitó la venda y lanzó una cadena de hierro sobre el animal. No le hizo daño, ni siquiera le hizo tambalearse, pero por voluntad propia replegó sus alas y se calmó, como si hubiese cumplido su objetivo. El valiente guardia gritaba en extrema agonía, y cuando se quitó las manos de la cara pude contemplar el motivo. El sol reflejado en aquel monstruo le había quemado los ojos, hasta el punto en el que ahora eran dos cuencas vacías.

—¡Kario! —grité a pleno pulmón.

—¡¿Qué pasa?! —entró asustado, casi derribando la puerta.

Me acerqué a él, le cogí de la mano y lo llevé hasta donde nos sentábamos a hablar cada día.

—¿Qué era ese animal?

—¿Lo has visto? Es imposible —se quedó un rato pensando en cómo era posible que todavía tuviese ojos—. Tienes los mismos ojos que él.

—¿Que quién?

—Que ese animal —se frotó la cara como si hubiese descubierto algo que todos desconocían—. Es un hipogrifo que lleva dando vueltas al castillo durante años. Hemos intentado todas las estrategias para cazarlo y darle fin, pero era imposible.

—¿Por qué queríais cazarlo? Parece un animal tranquilo.

—Él no hacía nada más que dar vueltas, y durante la noche no molestaba, pues se transforma del color del cielo oscuro y no es visible, pero durante el día deja ciego a todo el que cruce la mirada con él.

—A todos menos a mí.

Un silencio rompió nuestra conversación. Ambos sabíamos que aquello significaba algo, no sabíamos el qué, pero seguro que era importante. Mi padre siempre decía que cuando una señal se presentaba había que actuar. El sueño, las ramas, el animal, mis ojos, etc., todas aquellas cosas eran señales, y era el momento para finalizar mi plan.

—Kario, has sido muy bueno conmigo, por eso tienes que marcharte —me miraba con cara de no comprenderme.

—Mi cometido no ha terminado...

—Sí ha terminado —interrumpí bruscamente—. Tu misión era guardar mi puerta hasta que yo saliese por ella. Ambos pensábamos que iba a ser con mi muerte, pero hoy voy a huir. Todas las señales que me han llegado indican que hoy es el día en el que saborearé la libertad tras estos cinco años, y si las leyendas... —un nudo se me formaba en la garganta al pensar que yo protagonizaba las leyendas— Si las leyendas son ciertas, hoy arrasaré con todo aquel que se cruce en mi camino.

Intentó llevarme la contraria, intentar persuadirme para hacer lo correcto según su opinión, que era ceñirnos a vivir allí hasta que uno de los dos muriese, pero no articulaba palabra.

—Me dijiste que tenías un novio, muchos hermanos y a tus padres, cógelos a todos y marchad lejos de aquí, no quiero dañarte.

—No lo hagas —dijo en un susurro.

—Si no me queda otra opción... lo haré.

Como si nos conociésemos desde pequeños, se abalanzó sobre mí y me abrazó. Lloraba, pero de felicidad. Siempre había pensado que me vería salir muerta, por el frío, por inanición, por muchas causas muy diferentes unas de otras, y ahora estaba contento de poder marchar sin perder la vida de una amiga.

Mientras me abrazaba le quité el cuchillo en el que vi mi reflejo por primera vez, y al separarnos lo guardé en mi espalda.

—Espero que tengas suerte —dijo secándose las lágrimas.

—Yo sé que tú tendrás suerte —sonreí y lo abracé de nuevo.

Se levantó y yo hice lo mismo, nos miramos fijamente y, tras una sonrisa, salió por la puerta. Justo cuando la iba a cerrar asomó la cabeza.

—Bahar —dije rápidamente.

Sonrió y, agachando la cabeza en señal de respeto, se marchó. Conseguí lo que tanto quise, la libertad, y Kario consiguió lo que durante cinco años buscó, oír mi nombre.

Cuando, horas después, vi por la ventana a Kario correr hacia el bosque con su familia y su novio, supe que era mi momento.

Salí de la celda, cuya puerta Kario había dejado abierta, y me adentré en los inmensos pasillos. La última vez que los recorrí tenía diez años, pero a pesar del tiempo que había pasado, supe que el hipogrifo estaba guiando mi camino. Durante el primer pasillo no encontré ningún obstáculo, pero fue en el segundo donde avisté a un guardia. Me refugié en la esquina que comunicaba ambos pasillos, mientras él se acercaba lentamente.

—Tu comida —dijo a uno de los prisioneros.

Aquella voz... Aquel fue el guardia que me llamó “La Maldita” y que discutió con Kario. El corazón me latía a un ritmo inusual, y las pulsaciones ensordecían mis oídos. En un segundo, que parecieron horas para mí, salí de mi escondite y disparé con la horza el cuchillo que le había robado a Kario, dando de lleno en el ojo de color verde de aquel hombre. Cayó de espaldas, sin vida. Me acerqué y de un tirón saqué el cuchillo, que limpié en mi falda y preparé en caso de tener que disparar de nuevo. Por suerte no encontré más resistencia hasta que alcancé las escaleras que conducían a la mazmorra donde guardaban a aquel animal.

—¡La princesa ha escapado!

Escuché aquel grito de aviso, por lo que deduje que tardarían poco en encontrar el cadáver del guardia. Rápidamente bajé corriendo las escaleras. Fueron tres pisos, o tal vez cuatro o cinco, no los conté, pero tras cinco años sin hacer ningún tipo de esfuerzo físico, me encontraba agotada. Bajé el último tramo de escaleras mientras oía los pasos metálicos de las armaduras pisándome los talones. Me adentré en una habitación completamente oscura y sin luz, y cerré la puerta al entrar.

No veía nada, pero podía oler todo. Nada había cambiado, parecía que jamás habían entrado allí. Era mi antigua habitación, donde crecí hasta que mi padre fue decapitado. ¿La usaban de mazmorra? Humillante. Caminé en círculos por la habitación, hasta que un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No estaba sola allí.

Me giré y, como si quisiera ser visto por mi, apareció el hipogrifo. Me miraba fijamente, y pude reconocer mis ojos en los suyos. ¿Cómo habían conseguido que el animal bajase por las escaleras hasta mi habitación?

—Me he trasladado yo sola hasta aquí.

Aquella voz sonó en mi cabeza, y era exactamente la misma que se comunicó conmigo en la pesadilla de la noche anterior. Tardé casi un día entero en darme cuenta, pero aquella era mi voz.

—¿Por qué tienes mi voz? —pensé.

—Porque somos uno. Somos todo y nada. La misma persona y el mismo animal.

Seguía sonando únicamente en mi cabeza. ¿Era aquella la única manera de comunicarse con el hipogrifo?

Me acerqué lentamente, por miedo a que algún movimiento brusco lo desestabilizase.

—¿A qué te refieres cuando dices que somos uno?

—Tú eres yo, yo soy tú.

—¿Puedes ser conciso? Me están buscando para, posiblemente, matarme —pensé alterada.

—No pueden matarte, pues si tu mueres, yo también muero.

—¿Y tú no puedes morir?

—No es imposible —pensó por un par de segundos y continuó—. No sabes nada, ¿verdad?

Me limité a negar con la cabeza. Por lo visto mi padre me ocultó más cosas que el simple hecho de tener los ojos del mismo color. Aquel animal se sentó a mi espalda, y cuando me giré ya no estaba. Había desaparecido, y pocos segundos después, también desaparecí yo.

Sabía, o mejor dicho, sentía que estaba dormida, y al abrir los ojos me pareció estar en un sueño. Todo era oscuro y frío, y mi cuerpo se movía sin ser yo quien lo controlaba.

—¡Bahar!

Alguien gritaba mi nombre, una voz familiar. Me movía hacia donde la voz sonaba pero, de nuevo, no era yo quien controlaba mi cuerpo. Era una sensación extraña, pues me sentía más pesada que de costumbre, pero al mismo tiempo notaba estar dentro de un cuerpo que no me pertenecía. No era mi cuerpo.

—¡Bahar! —volvió a gritar aquella voz.

Era una voz rasposa, cálida y que me calmaba. Era la voz de mi padre, pero sonaba más aguda, ¿era posible que ya no recordase la voz de mi propio padre? El sólo pensamiento me hacía sentir náuseas y culpabilidad, olvidar la voz o el rostro de mi padre sería algo que jamás podría perdonarme a mí misma.

El cuerpo en el que estaba atrapada se movía, lentamente, hacia una entrada de luz. A la distancia se parecía a la pequeña ventana en mi celda desde la que observaba el mar, pero al acercarme un poco pude distinguir la entrada de una cueva.

—¡Bahar!

—¿Qué humano me reclama? —dije involuntariamente.

Salí de la cueva y lo vi. Delante de mí tenía a mi padre, con su melena larga y negra, aquellos ojos de color verde y azul y la piel pálida como la luna. Notaba cómo se me rompía el corazón, quería abrazarlo pero aquel cuerpo no me lo permitía. Por primera vez en cinco años estaba cerca de mi padre de nuevo, oyendo su voz y viendo una imagen suya distinta a la de su cabeza rodando hasta mis pies. Quería decirle que lo echaba de menos y que deseaba reunirme con él, pero no podía.

Miré su rostro de nuevo, para tener un recuerdo distinto al que mi mente repetía una y otra vez, pero algo no iba bien. Mi padre tenía los ojos hinchados y rojos, parecía que había estado llorando, y en sus brazos cargaba algo.

—¡El rey te reclama! —gritaba con la voz desgarrada.

—Tú mejor que nadie sabe las leyes del esta tierra. Los humanos no cuentan con mi beneplácito, por ende carecen del privilegio de reclamar mi ayuda.

—No lo entiendes... ¡mi hija ha nacido muerta!

Mi padre extendió los brazos y, destapando lo que llevaba en los brazos, vi la imagen de un bebé de color azulado, frío e inerte. ¿Era yo? No podía ser, yo estaba viva.

—Mi mujer ha muerto en el parto, y lo único que me queda de ella es esta niña —mi padre se deshacía en lágrimas.

Aquella niña era yo, pues él día de mi nacimiento fue el último día de vida de mi madre. Padre siempre lo había dicho, que la vida le castigo y le bendijo al mismo tiempo, y que por eso la vida era cruel.

—Tu mujer no es la primera mujer en morir, ni tu hija la primera niña en nacer muerta, y te aseguro que tampoco serán las últimas.

—¡Maldito hipogrifo! —vi a mi padre acercarse a mí con aquel bebé en sus brazos, yo era el hipogrifo— Se lo que dice la leyenda, se lo que el destino te depara. Nadie es inmortal, y tu morirás antes de lo que todos esperan.

—Correcto.

—Tengo una solución que nos beneficiará a ambos —mi padre cada vez tenía un tono de voz más calmado.

—No tienes nada que pueda beneficiarme.

—Tengo a mi hija.

—Está muerta, por eso me necesitas.

—¡Exacto! —exclamó— Necesito que revivas a mi hija, y sé que puedes hacerlo. Se que puedes darle tu alma, o parte de ella, y así vivirá una larga vida.

—Puedo hacerlo, sin mucha dificultad además, ¿pero qué gano yo? —pregunté, aunque noté que el hipogrifo había decidido en su interior que sí iba a revivirme.

—Un mundo sin humanos —respondió—. Mi pueblo ya sabe que mi hija ha nacido muerta, en cuanto me vean regresar con una niña viva sabrán que acudí a ti. Solo es cuestión de tiempo que conozcan la leyenda y me maten, pero para ese entonces confío en que rescates a mi hija y no tenga que presenciar mi muerte, y si la presencia que sea para vengarme. Te ofrezco el cuerpo de mi hija, para que junto a ella borres a la raza humana y tengas una vida más extensa.

—No lo comprendo, yo ganaría mucho matando a un pueblo tan vil y cruel, pero, ¿qué ganas tú con el exterminio de la raza humana en este valle?

—No gano nada, pero si mi hija vive para acompañarme en los pocos años de vida que me quedan sacrificaría hasta la última alma de este reino.

—Acepto.

Era de noche cuando acompañé a mi padre y a mi cuerpo inerte a un lago en el interior de la cueva. Dicho lago estaba iluminado por la luna, que se veía desde una abertura en el techo de piedra.

—Sitúa a la niña sobre la superficie del agua, voy a entrelazar mi alma y su cuerpo.

Antes de poder darme cuenta, estaba volando sobre la abertura de la cueva, y viendo mi pequeño cuerpo flotando sobre el agua del lago. Dibujé cinco círculos rodeando la luna y la cueva, y al poco tiempo me dejé caer, entrando por la grieta y sumergiéndome en lago.

Todo volvía a estar oscuro, y lo único que llenaba mi cabeza era el llanto de un bebé. Había renacido.

Volví a abrir los ojos y, mirando a mi alrededor, pude identificar dónde estaba. Era la cueva donde había vuelto a nacer, y la luz de la luna iluminaba mi rostro a través de la grieta del techo.

—¿Soy tú? —pensé, sabiendo que el hipogrifo me estaba escuchando.

—Así es —dijo mi propia voz a mis espaldas.

Me asusté y me giré rápidamente. El animal estaba recostado sobre una gran piedra, y me analizaba con aquellos ojos negros y profundos.

—Me has sacado del castillo... si tan fácil era, ¿por qué has tardado cinco años?

—Mi trato con tu padre era que todo ocurriría tras su muerte —dijo recordándome la visión—. Di cinco vueltas a la luna, cinco años de espera entre su muerte y la profecía, si incumplía alguna parte del trato tu hubieras muerto, y mi alma se habría ido contigo. Estaríamos ambos muertos.

—La profecía...

—Los humanos llevan siglos infestando estas tierras... Vinieron a matar, contaminar, sembrar el caos y faltar el respeto a órdenes y leyes naturales que no tenían ningún derecho a cambiar. ¿Sabes cómo se llama este valle?

—El Valle del Rey, por mi padre, y mi bisabuelo, y mi tatarabuelo, y mi...

—No —me interrumpió—. Se llama Bahar, como tú y como yo.

—O sea que mi nombre viene de ti —me sorprendí de que mi padre me pusiera el nombre de un animal—. ¿Mi padre me puso el nombre de un hipogrifo y de un valle?

—No —volvió a interrumpirme—. No sabes nada. Bahar viene de la primera lengua que existió en el mundo, y significa Mar. El mar fue el primer dios, el primer habitante de la tierra y el creador de todo. Ambas procedemos del mar, el lago en el que reviviste es agua del mar, la luna que me ayudó a revivirte influye en las aguas del mar. Nosotras somos parte del mar, y en el mar desapareceremos.

Comenzamos a caminar mientras Bahar me explicaba cómo íbamos a cumplir lo que mi padre prometió. No me sabía mal el pensamiento de expulsar a los humanos de aquel valle, el único que me importaba era Kario, y Bahar me confirmó que él y su familia ya estaba lejos del reino, por lo que el resto me eran indiferentes. Nunca me había sentido parte de ellos, y ellos siempre me habían tratado como alguien ingrato en su sociedad, era la hora de la venganza.

Al salir de la cueva, una flecha atravesó una de las alas de Bahar.

—¡Quietas! -gritaron.

Era el ejército humano, todos protegidos con cascos que evitaban el cegador brillo de Bahar, y con más armas de las que jamás había visto.

Bahar se arrancó la flecha con el pico, y aleteando con aquellas inmensas alas, consiguió hacer volar a las dos o tres primeras filas del ejército. De un salto me monté en su lomo y retomó el vuelo.

—¡La profecía ha comenzado! No hay nada ni nadie que pueda salvaros del futuro tan desolador que os ampara. ¡La corona y el valle serán nuestros!

La voz de Bahar era monstruosa, ya no era mi voz, e inmediatamente supe que era la voz del mar, aquel Dios que ya no existía pero que al mismo tiempo estaba en todos los rincones del planeta.

Bahar voló hasta lo alto de la cueva, y dando cinco vueltas a la luna, se dejó caer a través de la grieta, sumergiéndose en el lago.

Cinco vueltas a la luna, cinco años de espera.

—Capitán, hemos registrado e investigado la cueva de arriba a abajo, y no hay ni rastro de la criatura o la princesa.

—Preparad las defensas. Nuestra última guerra está a punto de comenzar.

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