Yamamba

Llovía como no lo había hecho en años. Las gotas eran grandes y espesas, y el campo ya desprendía aquel olor a tierra mojada que sólo el monte poseía. Una anciana estaba fuera de su pequeña casa, recogiendo las prendas de ropa que había dejado secando bajo la luz del sol, pero que había olvidado completamente mientras preparaba la cena de su nieto. En la casa solo vivían ellos dos, y la vieja tenía que encargarse de la comida y el cuidado del niño, cuyos padres murieron cuando él solo tenía un par de meses de vida. Por suerte, la ropa no estaba demasiado mojada, y pudo dejarla secando frente al calor que desprendían las llamas del vivo fuego. La madera crujía con el calor, y un olor suave impregnaba todo el hogar. Aquella anciana entró a la habitación de su nieto, arrastrando los pies poco a poco. Iba descalza, y la madera crujía a cada pequeño paso que daba. Portaba en su mano derecha una pequeña lámpara de aceite, que dejaba al lado de la cama del niño para que consumiese ...